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Autores.- Carlos Rojo y Luis Miguel Cuervo con fotografías de Tomás Fernández - 01/09/07

Tras ser delatados por un guardabosques, el 22 de abril de 1945 fueron sorprendidos por fuerzas de la Guardia Civil varios miembros de la Brigada de los Picos de Europa, también conocida como Brigada Machado, cuando se encontraban comiendo unos corderos en una cabaña de los invernales de Pandébano (Cabrales), para celebrar la caída de la ciudad de Berlín.
En la primera descarga cayó muerto su jefe, Ceferino Roiz Sánchez, apodado Machado por su parecido con el presidente cubano Gerardo Machado, refugiándose el resto en el interior de la cabaña, dando comienzo un tiroteo que se prolongaría durante varias horas.
El guerrillero tresvisano Hermenegildo Campo Gildo, que no había asistido a la reunión, oyó el tiroteo y tras coger su fusil Mauser subió desde Sotres hasta Pandébano, sorprendiendo a los guardias civiles, a los que causó dos muertos y un herido, dándose el resto de la fuerza pública a la fuga hacia la aldea de Tielve.


Fotografía de Tomás Fernández                                                                         Plaza de la Iglesia de Sotres.- Año 1.945                                                  Rendición de guerrilleros y vecinos de Sotres después de la emboscada de Pandébano
De izquierda a derecha:
Cabo de la Guardia Civil, Perfecto López, José Sánchez El Chino, Amador López y Rufino Fernández.

Acto seguido, por miedo a las represalias, 12 hombres y mujeres de Sotres, sueltan el ganado y se marchan al monte con los guerrilleros. La tropa que envían a buscarlos saquea la población, prácticamente deshabitada de gente de izquierdas.        
Los sotrianos se entregarán unos meses más tarde, pero para ello tuvo que servir de mediador un cabo de la Guardia Civil que con aterioridad había estado destinado en Cabrales, donde había dejado huella humana de seriedad y honradez en su convivencia con los vecinos de aquellos pueblos.
El guardia llegó de lejos y pactó la rendición, que fue cumplida escrupulosamente por parte de unos y otros.


Fotografía de Tomás Fernández
El mismo día y con los mismos personajes de la foto anterior, a los que se han sumado otros vecinos.
La niña de es Clementina Sánchez Sánchez, hija de José Sánchez El Chino y Benedicta Sánchez, que hoy vive en Bruselas y había nacido en una cueva en Pandébano.





Como respuesta a la publicidad alcanzada por las columnas gallegas en su avance sobre la región, y para demostrar al pueblo asturiano que no todos los gallegos abrazaban ideas fascistas, a últimos de septiembre de 1936 se procedió a la militarización del que sería conocido como Batallón de Milicianos de Galicia, más tarde señalado por el Estado Mayor con el número 19 de los de Asturias. 
Tomaron parte en su constitución las Milicias Antifascistas Gallegas y los miembros de la Confederación Regional Galaica, ocupado los cargos de organizador y primer comandante el anarquista José Penido Iglesias. Aunque en un principio pasó a formar parte de las fuerzas del Regimiento Antifascista Máximo Gorki, al quedar éste bajo el control del Partido Comunista pronto se acentuaron las diferencias entre comunistas y anarquistas, mayoritarios éstos últimos en la unidad, por lo que el mando republicano decidió que ésta operara de forma independiente[1].

En el mes de noviembre de 1936, fueron trasladados al batallón varios guardias de Asalto comunistas que habían logrado huir de Galicia y casi un centenar de soldados de quinta de origen gallego pertenecientes a la guarnición de los cuarteles rebeldes de Gijón[2]
Quizá obligado por las circunstancias o tal vez por iniciativa propia, lo cierto es que por esas fechas Penido abandonó la unidad para pasar a hacerse cargo de los hospitales de Gijón, ocupando la jefatura de ésta el cabo de Asalto orensano Ramón Iglesias Pérez. 
Entre el continuo goteo de gallegos que se fueron alistando en la unidad a lo largo de la contienda, figuraron varias docenas de desertores de las unidades franquistas tras ser reclutados a la fuerza en Galicia y también veintitrés destacados militantes libertarios gallegos llegados al puerto de Gijón el día 9 de enero de 1937, tras salir cuatro días antes del de As Xubias en La Coruña a bordo de una motora pesquera bautizada por ellos mismos como “La Libertaria”. Entre los fugados se encontraban Emilio Novas Naya, Odilo Masip Masip y José Moreno Torres[3], uno de los más conocidos anarquistas gallegos del período republicano.


Fotografía de los llegados al puerto del Musel a bordo de "La Libertaria"

El Batallón Galicia en el frente Norte.
Los gallegos recibieron su bautismo de fuego en el frente Occidental de Asturias, donde desde septiembre de 1936 participarían en la mayor parte de los combates librados contra las columnas que avanzaban desde Galicia, destacando por su dureza los que tuvieron lugar en torno al poblado del Escamplero, donde se detuvo el frente durante tres días, sufriendo la unidad un buen número de bajas sin poder impedir que las primeras unidades moras alcanzaran la capital asturiana en la jornada del 17 de octubre.
Tras la entrada de los franquistas en Oviedo, el batallón ocuparía posiciones en el sector de Grullos y más tarde en el de Cogollo, trasladándose a finales de diciembre al de Colloto donde, tras ser nuevamente numerado[4], pasó a formar parte de las fuerzas de la 6ª Brigada de Asturias que en aquellos momentos se encontraba mandada por el mayor Ramón Garzaball[5].            

A mediados de febrero de 1937 se produjeron las deserciones de tres antiguos guardias de Asalto pertenecientes a la unidad, circunstancia que fue aprovechada por CNT para cesar a los mandos comunistas y convocar elecciones entre los milicianos, haciéndose otra vez con el control del batallón.

En los comicios resultó nuevamente elegido Penido para el cargo de comandante, ocupando el de capitán ayudante Emilio Novas Naya y el de teniente ayudante José Moreno Torres, quedando las respectivas compañías al mando de los capitanes: Camilo Fernández Dopazo, Ramón Vázquez Rey, Enrique García Lago y Alfredo Viejo Bernall[6]. Unas horas más tarde la unidad fue trasladada a San Cucao de Llanera, donde permanecería en reserva en espera del comienzo de la ofensiva general sobre Oviedo preparada por el mando republicano para la jornada del 21 de ese mismo mes[7].   
Fotografía del mayor José Moreno Torres                                    

Unas horas más tarde el batallón fue trasladado a San Cucao de Llanera, donde permanecería en situación de reserva en espera del comienzo de la ofensiva general sobre Oviedo preparada por el mando republicano para la jornada del 21 de ese mismo mes[7]. Los ataques darían comienzo amanecer de ese día, operando los gallegos por El Escamplero, donde ya lo había hecho en octubre del año anterior, participando al día siguiente en un asalto sin éxito sobre la loma de La Trecha[8]. Una vez finalizada la ofensiva, la unidad se trasladó al sector de Biedes – Las Regueras, donde alternaría periodos de posición en los parapetos de La Trecha, con otros de reserva en los cuarteles de La Granda[9].
En el mes de abril se incorporó Jaime Machicado Llorente, quien ocuparía del cargo de comisario político, organizando la elección democrática de los comisarios de las cuatro compañías de la unidad, cargo para el que resultaron elegidos Serafín Varela Platero, José Casas Fernández, Odilio Masip Masip y Manuel Ramos Escarís[10]. Por su parte, José Penido fue ascendido al mando de la 3ª Brigada de Asturias, siendo sustituido en el puesto del Comandate del Batallón por José Moreno Torres.

Formando parte de la 3ª Brigada de Asturias, junto a los batallones nº 211 y nº 258, el día 29 de junio la unidad fue trasladada urgentemente a Euzkadi, como refuerzo de última hora, en un desesperado intento de los republicanos para contener la dura ofensiva iniciada por los nacionales sobre Vizcaya. A su llegada a Euzkadi se desplegó en las inmediaciones de la localidad de Molinedo[11], combatiendo más tarde en los montes de Colisa, en el pico de San Miguel, dominando Traslaviña y la Ermita de San Roque, donde se sostuvo bastante tiempo, rechazando las repetidas acometidas lanzadas por el enemigo[12], regresando a Asturias el 19 de julio[13].
Fotografía de Jaime Machicado llorente, comisario político del Bon. Galicia                                                     

Tras participar en la fallida operación lanzada por los republicanos el día 1 de agosto sobre La Manga – Cimero, la 3ª Brigada de Asturias fue trasladada a Santander, desplegando al Batallón Galicia y al nº 211 en el puerto de El Escudo, donde ambas unidades llevarían a cabo una brillante actuación al ser atacado ese paso montañoso por fuerzas italianas a mediados de ese mismo mes[14]
Tras la vergonzosa retirada de los batallones nacionalistas vascos, las unidades gubernamentales que no habían quedado copadas en la bolsa de Reinosa se fueron replegando hacia Asturias, estableciéndose los batallones de la 3ª Brigada (ahora numerada como 183ª) en una improvisada línea de defensa situada en el margen izquierdo del río Deva, quedando desplegados los gallegos sobre las estribaciones del cerro Jana.
Para hacer frente a las bien equipadas brigadas de Navarra, en esos momentos la unidad contaba con un total de 423 hombres, disponiendo únicamente de 380 anticuados fusiles de Lebel de tres tiros, 2 fusiles ametralladores, 80 bombas de piña y 20 de humo[15].
El día 1 de septiembre, con los republicanos duramente batidos por la artillería y la aviación enemigas, fuerzas pertenecientes a la 1ª Agrupación de la 1ª Brigada de Navarra tomaron la villa de Panes, infiltrándose a continuación por el flanco derecho de las posiciones ocupadas por los batallones de la 183ª Brigada, que para no quedar copados se vieron obligados a realizar un primer repliegue hacia la zona de la Borbolla, donde establecieron una nueva línea defensiva sobre la orilla izquierda del río Cabra, quedando el Batallón Galicia y el nº 211 desplegados al Norte de Llonín, donde enlazaban con fuerzas de la División “B”[16]

A pesar de las duras acometidas lanzadas sobre ellos por fuerzas pertenecientes a la 3ª Agrupación de la 5ª Brigada de Navarra, los dos batallones aguantaron bien y cuando el día 8 fueron relevados, lo hicieron sin haber cedido ni un solo metro de terreno. Tras combatir durante unas horas en el puerto de La Tornería, la 183ª Brigada Mixta fue relevada y trasladada al puerto de Pajares, donde pasó a formar parte de la División “C”, mandada por Luis Bárzana, quedando desplegada en El Techo, posición desde la que se dominaba el pueblo de Villamanín.
Fotografía del teniente de Milicias Maximino Martínez Fernández                                    

Durante los días siguientes se lucharía en la carretera que lleva de Busdongo a Pajares, sobre la que los republicanos lanzarían varios contraataques, sufriendo los gallegos un número considerable de bajas. 
El día 1 de octubre el batallón pasó a depender de la 194ª Brigada Mixta de la que también formaban parte el nº 241 y nº 267, quedando las fuerzas del Galicia divididas entre las posiciones de La Perruca, Alto de La Cerra, canto de Los Pobres y El Gobio[17], haciéndose unos días más tarde cargo de la defensa de la Loma del Ajo y Peñasagudas[18]
El día 8, los nacionales presionaron sobre las posiciones ocupadas por el Batallón nº 250, logrando apoderarse de tres lomas situadas en las estivaciones de Peña Buján. A las 18 horas contraatacó el Batallón Galicia por el flanco, logrando recuperar la posición perdida, causando al enemigo un gran número de bajas[19], por lo que la unidad fue felicitada públicamente por el jefe del XVII Cuerpo de Ejército en un comunicado editado ese mismo día[20]. Tanto esfuerzo sería en vano, ya que los franquistas lograron recuperar las lomas perdidas al día siguiente, contando para ello con el apoyo de numerosa artillería y el concurso de 18 aparatos de bombardeo. Aun contraatacarían los gallegos durante la mañana del día 11, pero sin obtener ningún resultado positivo, lo que motivó que los gubernamentales se vieran obligados a replegarse hacia una nueva línea, que quedó establecida desde Los Castellanos y sus estivaciones, pasando por el alto de La Raya, hasta la cota 1800, ocupando el Galicia las posiciones comprendidas entre la Cota 1.800 y la carretera, donde enlazaban con el Batallón nº 250. 
Permanecieron allí hasta el día 16, fecha en la que pasaron a la línea de Peña Alba - Cota 1800 - Camino a Coleao y Pico Retriñón. Dos días más tarde, con excepción de la 2ª Compañía, el resto de las fuerzas de la unidad fueron retiradas del frente para descansar y de paso ser reorganizadas, situación en la que les sorprendería el final de la guerra en el Norte.

Luis Miguel Cuervo es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte

1] ÁLVAREZ PALOMO Ramón; Rebelión militar y revolución en Asturias, Ediciones Trea. SL, Gijón 1995.[2] Relación de la Sección de Movilización - Milicias Antifascitas Gallegas.- AGGCE – PS Gijón - Legajo I 74 - 4.[3] AIRMN – Causa de Coruña nº 1477/37.[4] Con la reestructuración llevada a cabo dentro del Ejército del Norte a finales de diciembre de 1936 la numeración de las unidades asturianas pasó a estar precedida por el número dos, quedando el Galicia señalado con el nº 219.[5] Estadillo de fuerzas de la Jefatura del Sector Norte.- AGGCE – PS Gijón – Legajo I 53 - 2.[6] Documento de la unidad en la que se da cuenta al Estado Mayor de la nueva estructura de mando – AGGCE – PS Gijón – Legajo K 223 – 9.[7] Listado de armamento de la Comandancia Militar de Posada de Llanera.- AGGCE – PS Gijón – Legajo J5 – 8.[8] Listado de bajas del Batallón Galicia nº 219.- AGGCE – PS Gijón – Legajo F 116 – 15.[9] Informes de la Comandancia Militar de Avilés – AGGCE – PS Gijón – Legajo - I 34 – 4.[10] Listado de mandos de la unidad del mes de mayo de 1937.- AGGCE – PS Gijón – Legajo I 79 – 2.[11] Parte de operaciones de la 3ª  Brigada de Asturias.- AGGCE – PS Gijón – Legajo I 83 – 4.[12] SOLANO PALACIO, Fernando; Asturias Mártir, la tragedia del Norte, Ediciones Tierra y Libertad, Barcelona 1938.[13] Parte de operaciones de la 3ª Brigada.- AGGCE – PS Gijón – Legajo - I 34 – 4.[14] SOLANO PALACIO, Fernando; obra anteriormente citada.[15] Informe del Comisario Político de la 183ª B. M.- AGMAV – Legajo 857 - Carpeta 3.[16] Ibidem.[17] MARTÍNEZ BANDE, J. M.; El final del frente norte. Editorial San Martín, Madrid 1972.[18] Parte de operaciones de la Agrupación de los Puertos.-  AGMAV - Legajo 857 – Carpeta 11.[19] Parte oficial publicado en el diario El Boletín del Norte del día 9 de octubre de 1937.[20] Partes de operaciones de la Agrupación de los Puertos.- AGGCE - PS Gijón – Legajos I 72 - 1 y J 35 - 4L.

Archivos:
AGGCE.- Archivo General de la GCE de Salamanca
AGMAV.- Archivo General Militar de Ávila
AIRMN.- Archivo Intermedio de la Región Militar Noroeste de Ferrol

Prensa:
Diario Boletín del Norte.

Libros:
MARTÍNEZ BANDE, J. M.; El final del frente norte. Editorial San Martín, Madrid 1972.
SOLANO PALACIO, Fernando; Asturias Mártir, la tragedia del Norte, Ediciones Tierra y Libertad, Barcelona 1938.
ÁLVAREZ PALOMO Ramón; Rebelión militar y revolución en Asturias, Ediciones Trea. SL, Gijón 1995.



V. DEL REGUERO - 29/06/07

Don Rafael Álvarez García nació en Villablino en 1898. Hijo de guardia civil, sus primeros estudios los realizó en Bembibre, y más tarde el bachillerato y la carrera de Magisterio en León y Madrid. En 1919, fue nombrado maestro de Toral de los Guzmanes y, años después, llegó a ser Inspector Jefe de la provincia de León. Su vida se vio truncada, como la de tantos otros, al inicio de la guerra, con su fusilamiento el 18 de agosto de 1936.

Nuestro protagonista fue el único hijo de Eduardo Álvarez Mallo, natural de Garueña, en el valle de Omaña, y de Ángela García López, que lo era de un pueblecito cercano, Sosas del Cumbral. Rafael en Villablino el 14 de diciembre de 1898 y estudió las primeras letras en Bembibre, adonde fue trasladado su padre, de profesión guardia civil. En León realizaría sus estudios superiores; primero, el bachillerato en el Instituto Provincial, y desde 1913 hasta 1917, en la Escuela Normal de Maestros, donde finalizaría con muy buenas calificaciones la carrera de Magisterio. En 1920, con sólo veintiún años, obtendría el título de Maestro Superior con el número uno de las oposiciones de la Universidad de Oviedo.

Ya anteriormente, en 1919, sería nombrado por el Rectorado de la Universidad de Oviedo como Auxiliar de Pedagogía e Historia, y Rudimentos de Derecho y Legislación Escolar, en la Escuela Normal de Maestros de León. Pronto sería destinado a Toral de los Guzmanes como maestro. En una conferencia que impartió a su llegada al pueblo, Rafael hablaba acerca de la necesidad de “que la carrera de Magisterio sea una profesión técnica, tanto para fundamentar científicamente la obra escolar, como para evitar la posibilidad de intrusismos en nuestra profesión”. Pensaba que la escuela primaria trataba de “convertir el trabajo en actividad más eficaz, suave y humana”.

Pronto abandonaría la localidad. En julio de 1921, sería destinado a Melilla, como soldado del Regimiento de Infantería Burgos nº 36, destacando en varios combates y regresando a finales de año muy grave, con tifus. Poco tiempo después comenzaría su formación en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio de Madrid, centro donde —a partir del título de maestro— podía formarse como Profesor de Magisterio o Inspector.

Optó por la segunda opción y, años después, desempeñaría una gran labor como Inspector Jefe de León. Fundó y dirigió en los años treinta el ‘Boletín de Educación’ que entonces editaba en la provincia la Inspección de Primera Enseñanza de León, y puso especial entusiasmo en las Colonias Escolares de Vacaciones. Con gran fama de inteligente y trabajador infatigable, se encargó de la inspección de las escuelas de la zona del Órbigo y la ciudad de León.

Muy cercano a la ideología de la Institución Libre de Enseñanza, don Rafael Álvarez publicó editado por la Revista de Pedagogía y con otros dos autores, el ‘Manual del Inspector de Primera Enseñanza’, un trabajo que sorprende porque, a pesar de haber cumplido ya los setenta años, no ha perdido un ápice de actualidad. Gran entusiasta de las colonias escolares, participó además en varias Misiones Pedagógicas. Una de ellas fue en Babia, con la colaboración del Ayuntamiento de San Emiliano, en junio de 1932. Allí estuvo acompañado por los también inspectores don Vicente Valls, don José Ruiz Galán y don Salvador Ferrer y por los maestros don Valeriano Enríquez y don Benito Valbuena. Poco tiempo después, en noviembre, formaría parte de otra misión en Villabandín, Senra, Posada de Omaña y Murias de Paredes, con la colaboración de éste ayuntamiento. Con la presencia de algunos de los citados, como don José Ruiz Galán o don Valeriano Enríquez, y nuevos nombres, entre los que se encontraban don Fidel Blanco y doña Teresa Rodríguez. La misión tuvo gran éxito y se dejaron varias bibliotecas populares en una comarca tan aislada entonces, como era Omaña.

Don Rafael Álvarez, fiel defensor del laicismo, el librepensamiento y la educación integral, fue masón, como recogen varios trabajos de investigación que ha publicado el investigador Pedro Víctor Fernández, perteneciendo a la Logia de Emilio Menéndez Pallarés, de León, de la que formaba parte con el simbólico de Roger. Él mismo la había fundado, con otros intelectuales de la ciudad de León, en 1933.

Militante de la Conjunción Republicano-Socialista y de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza, don Rafael creó con otros maestros, inspectores y amigos el grupo excursionista ‘Inquietudes’. Con él viajaron por varios puntos del país, e incluso hicieron un viaje al norte de África. En los boletines que editaban en la época, se encuentran pormenorizadas descripciones de los viajes, mapas e incluso fotografías.

Al estallar la guerra civil, don Rafael fue detenido en su casa de la capital leonesa y, aunque pudo regresar a casa, tres días más tarde fue detenido de nuevo y apresado en la cárcel de San Marcos, donde le sometieron a todo tipo de vejaciones, entre ellas la obligación de barrer el patio. Pocos días después, se celebraría el juicio en el Palacio de los Guzmanes, de la Diputación Provincial, y fue él mismo quien se defendió, pues estaba cursando entonces estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo.

Su cuñado, don Deogracias Vicente Mangas, médico y veterinario, había sido condecorado por el Ejército con la Cruz del Mérito Militar, en agradecimiento a los servicios que había prestado durante la revolución minera de 1934. Curiosamente, fue a ofrecerse ante la Junta de Burgos con la insignia para que le fusilaran a él, que tenía 33 años, y evitar así el paseo de de don Rafael. Pero sus intentos fueron fallidos. El 18 de agosto de 1936, en el campo de tiro de Puente Castro, don Rafael sería paseado junto a don Alfredo Barthe Balbuena, don Félix Salgado del Moral, don Domingo Fernández Pereiro, don Juan Rodríguez Lozano, don Timoteo Bernardo Alonso y don Fernando Morán Fernández.

Su viuda, doña Francisca Vicente Mangas, con la que se había casado en San Miguel de Laciana el 9 de mayo de 1927, sufrió varias imputaciones de matiz político y fue apartada de su labor educativa. Tiempo después, en 1941, fallecería angustiada en Sevilla. La misma suerte correrían muchos de sus compañeros inspectores y maestros, depurados, separados del servicio, condenados a prisión y fusilados. Todos ellos fueron engullidos por su propia historia, como don Rafael Álvarez. Ahora, setenta años después, su memoria se recupera y con ello se repara una deuda histórica con todos ellos. Un recuerdo pendiente que, con el tiempo, ha llegado y sirve para conocer un poco más de nuestros pueblos y, por tanto, de nosotros mismos.

Su pensamiento

“El Inspector necesita, para desempeñar con dignidad y eficacia su cometido, la posesión de una amplia y sólida cultura que le permita convertirse en guía espiritual de los maestros y escuelas que tiene a su cargo. Esta cultura constantemente remozada por nuevos libros y revistas, creará en el Inspector un elevado criterio y un sentido filosófico que, sobre dar tersura constante a su espíritu, le hará adoptar una posición en consonancia con las directrices coetáneas del pensamiento humano y con la realidad vital del momento, que pasará a los maestros para señalarles como fin de su esfuerzo educativo las zonas de la más elevada y noble superación”

“Dentro de la competencia pedagógica exigida al Inspector, ha de destacarse su profundo conocimiento de la psicología infantil; la manera de reaccionar de los niños, el proceso de su desenvolvimiento psíquico, etc. Quien ejerza el cargo a que hacemos referencia procurará hablar de modo expresivo y correcto, ya que son varias las ocasiones en las que debe establecer pública comunicación con maestros y pueblo, y es obligado saber transmitir la convicción y en entusiasmo a quienes escuchen”

“La más importante de las cualidades que debe poseer el Inspector de primera enseñanza es la consecuencia moral, la rectitud de conducta personal y profesional. Ha de actuar siempre con tan reflexiva y justa ponderación y tener tan acreditado su buen criterio, que al sentir alguien la necesidad de plantearle un problema pueda suponer de antemano que será estudiado con el mayor celo, y resuelto con arreglo a normas de la más elevada y depurada ética”

Manual del Inspector de Primera Enseñanza
R. Álvarez, J. Comas y J. de la Vega (Revista de Pedagogía, 1934)

Víctor del Reguero es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte


V. DEL REGUERO

Hace un par de años, publiqué un artículo sobre la revolución de 1934 en el que, al abordar la figura de don Genaro Arias Herrero, afirmaba que había sido oficialmente acusado del asesinato de las tres enfermeras astorganas cuya historia es de sobra conocida. Pocos días después, la noticia circuló como un polvorín por Laciana y pronto se puso en contacto conmigo uno de sus hijos, Trinidad Arias Tejerina -Tino-, muy enfadado por lo que había leído.

Conocía a Tino de ocasiones anteriores y, esencialmente, porque Laciana no deja de ser un pueblo, y en un pueblo nos conocemos todos. Meses antes de la publicación había hablado con él, tratando de fructificar una colaboración para abordar en mi artículo la figura de su padre con el mayor rigor posible y tratar de conseguir una fotografía. No quiso, sin mayor explicación, aunque a ella llegaríamos luego. Tino era un hombre influenciado por los acontecimientos que desde siempre le deparó la vida. Un niño que en medio de la plaza del pueblo lanzaba un "¡Viva Rusia!" estaba condenado de por vida, además de estarlo ya por ser hijo de, por los falangistas que durante cuarenta años silenciaron la Historia y persiguieron a todo lo que oliera a República con la injusticia y la infamia por banderas.

En Villaseca siempre se habló de un vecino del pueblo, cuyo nombre no vamos a publicar aquí -más que porque nos lo prohíba la Ley de Memoria Histórica, porque no nos da la gana-, y que había sido el presunto causante de la condena a muerte de don Genaro Arias. Preso en San Marcos, en León, don Genaro no habría sido identificado y habría conseguido escaparse dejándose una poblada barba, y al salir, estando allí el referido vecino, lo identificó por la cojera característica de su sobrenombre, 'El Pata'. Así lo cuentan y así lo siguen contando. Así se lo contaron a Tino cuando creyeron que tenía los suficientes años para entenderlo, aunque después resultó no entenderlo nunca. Porque una guerra nunca se llega a entender y más si te toca tan de cerca. Pero la causa de guerra que hace meses rescatamos en el Tribunal Militar Territorial Cuarto, en El Ferrol, demuestra que 'El Pata' fue identificado nada más llegar a la prisión y que para nada hubo tales sucesos. Durante años, Tino se enfrentó al vecino que presuntamente había provocado el asesinato de su padre. Lo hacía, parece, para vengar viejas historias. O eso creía él.

Una nieta de Tino y biznieta de 'El Pata', publicó una carta en respuesta a mi artículo en el que se mostraba muy dolida con la publicación del mismo y el tratamiento que dimos a don Genaro. Nos decía que su bisabuelo "hoy en día no nos acompaña; no puede aportarnos su visión sobre lo ocurrido, ni explicarnos sus opiniones, ni tampoco aclarar si son ciertos o no los actos que se le atribuyen". "Cada persona tiene sus ideales; hay valientes que luchan por ellos. En mi opinión, hubo valientes que pagaron con su vida el tener pensamientos propios. 'El Pata' luchó por los suyos: la igualdad y la libertad. También lo pagó con su vida". Evidentemente, no le faltaba razón.

Con el tiempo, me enteré de que la viuda de don Genaro, doña Nieves Tejerina, tenía un chalecito en un pueblecito de Luna y que veraneaba en él a sus noventaitantos. La visitamos y, cuando llegamos, a la puerta de la casa estaban su hija, su yerno y un perro con pinta de hacer pocas migas con los forasteros. Doña Nieves se encontraba en el interior. Le dijimos a su hija que queríamos entrevistar a su madre, que nos gustaría contar con su testimonio y que, si no quería, o prefería dejarlo para otra ocasión, no tendríamos el menor problema. La mujer nos mandó pasar y nos encontramos con una estampa inolvidable. Una mujer anciana, pelo encanecido, espalda encorvada. Una mirada sincera y una sonrisa. A pesar de todo, una sonrisa. Una sonrisa de esas con las que sobran las palabras. Una respuesta que nos removió las entrañas: "ya era hora de que alguien viniera a preguntarme, que todos hablan y ninguno ha venido".

Nos sentamos y estuvimos varias horas hablando. Allí estaba toda la prensa de los últimos meses. Hojas recortadas, frases subrayadas. Las conclusiones de alguien que seguía de cerca el devenir de Asturias, León, España y el mundo. Una mujer que a diario leía y releía los periódicos. Nos contó muchas cosas y no escatimó una sola pregunta. Doña Nieves hablaba de la historia de su marido que, por otro lado, era su historia, la historia de su vida. De cómo se habían casado por lo civil en el Ayuntamiento de Villablino. De lo mal que lo habían pasado a temporadas, porque la vida estaba muy difícil. De un marido asesinado a garrote vil y de un hijo perdido poco después. De cómo había sido el devenir del tiempo desde que estalló la guerra y don Genaro se fue al frente, hasta que ella se enteró de que lo habían matado, por un periódico, estando en Belmonte, escondida, para no correr la misma suerte que él. Cuando hablaba de ello, todavía, siete décadas después, se irritaba al pensar que su vida podría haber sido muy diferente a como fue, pero, sobre todo, lo hacía al hablarnos de cómo se trataba hoy a su marido.

Tino murió hace unos meses. Poco antes de hacerlo, él y algunos de sus hijos, me facilitaron una fotografía de su padre y abuelo. Les hicimos ver que teníamos otra intención, que no íbamos a contar la historia de siempre. La del carro chillón y las enfermeras violadas en la Pola con que un juicio sumarísimo y la Causa General decidieron que había que ejecutarlo. La misma que ahora ha vuelto a rescatar un documental. Hoy nadie sabe qué sucedió. Los protagonistas directos o los testigos presenciales ya han fallecido. Sólo sabemos que tres enfermeras fueron asesinadas -hecho indiscutible- con crueldad, porque todos los asesinatos son así, y que don Genaro Arias fue condenado, de forma injusta, porque los hechos que se le imputaron no se probaron nunca. Condenado, asesinado, también con crueldad.

Así que hoy, más que nunca, la vida de doña Nieves Tejerina, la de su hijo Tino y la carta de su biznieta, se entienden y no se entienden. Hemos visto un documental en el que, una vez más, se ha ofrecido una de las versiones, pero se ha obviado la otra. Así funciona la televisión pública, que dicen es la de todos, y así funciona una Iglesia que se ocupa de los pobres y los necesitados de una forma muy peculiar. Beatificando a tres enfermeras que en 1936 andaban con chaquetón de piel y zapatos de tacón más de diez kilómetros, monte a través, y cuyos restos descansan desde hace muchos años en la Catedral de Astorga. "Con la idea no de abrir heridas, sino para estimular los actos nobles de fidelidad a Dios y en servicio a los demás", según el canónigo de Astorga. Al mismo tiempo, los restos de don Genaro Arias -como los de tantos- nadie sabe dónde se encuentran. No creo que sea tampoco lo trascendental. Pero tampoco esa Iglesia se ha interesado por una mujer nonagenaria que dispone de una mísera pensión y sufrió, una guerra cruel y una dictadura de cuatro décadas más cruel aún. El trato es muy diferente con unos y con otros. Y, por tanto, cruel. Conviene precisarlo.

Víctor del Reguero es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte


José Antonio Landera - 5/07/07

Serafín Fernández Ramón, el Santeiro, nacido en Guimara (León), el 15 de agosto de 1914, era hijo de Martín Fernández, un “santeiro”, de los que recorrían los pueblos ganándose la vida con la imagen de la Virgen de Trascastro. Tomó parte en los sucesos revolucionarios anarquistas del año 1933 en Fabero, donde se declaró el comunismo libertario y los mineros quemaron el Registro Civil y tomaron el cuartel de la Guardia Civil de Vega de Espinareda, llegando incluso a Ponferrada, donde la revuelta fué sofocada por el Ejército.
El 18 de julio de 1936 se produce el levantamiento del Ejército “africano-militarista” y hacia las 11 de la noche se conoce en la comarca berciana que España estaba en guerra. Previamente, el 17 de julio, las fuerzas de la Guardia Civil se habían marchado, concentrándose en Ponferrada, capital comarcal del Bierzo leonés.
Serafín forma parte de los grupos de obreros que se unen en un intento de detener la sublevación y logran sitiar el cuartel de la Guardia Civil de Ponferrada donde se habían atrincherado los facciosos. El día 21 llega en ayuda de éstos una columna del Regimiento de Infantería Zaragoza 21, procedente de Lugo, al mando del comandante Manso y apoyada por la aviación franquista. Levantan el cerco y con fuego de morteros atacan el Ayuntamiento, detienen a las autoridades y desalojan a los mineros de los barrios de las afueras y de la fortaleza medieval donde se habían intentado reorganizar.
Ante la imposibilidad de detener el golpe, los obreros huyen hacia Asturias, en las columnas de mineros organizadas por el comité republicano de defensa de Fabero que partieron de Tejedo de Ancares y Guimara. Estas columnas estaban compuestas por 2.500 hombres, mujeres y niños.
Llegan a Pola de Somiedo y se unen al bando republicano hasta la caída del frente norte en 1937. Serafín regresa entonces a su pueblo con varios jóvenes. A su vuelta se entera de que a su padre lo ha matado un molinero de Ibías (Asturias) para robarle. Lo encuentra, le da muerte y huye al monte.
Los montes de su pueblo se llenarán pronto de huidos procedentes de la cuenca minera de Fabero y de los pueblos asturianos de Ibías y Degaña, llegando a haber hasta unos 80 hombres.
Serafín organiza un grupo guerrillero con Manuel Bermúdez Fernández, el Asturiano y con gente de Degaña y de Ibías. El grupo será conocido como la partida de “Los Fornelos”. Se unirán con las partidas del “Maestro de Villameirin”, la de “Los Bercianos” y la de “Los Velascos” para dar golpes de importancia contra el franquismo.
La partida del “Santerio”, a pesar de que la mayoría de sus componentes eran anarquistas, no quiso enrolarse en la Federación de Guerrillas de León y Galicia, aunque colaboró con otros grupos guerrilleros cuando se lo solicitaron. Su zona de acción fue la cruz entre las provincias de Asturias, León y Lugo, llegando a actuar en Cangas de Narcea (Asturias), Becerreá (Lugo), el Bierzo, etc.
Fueron muy activos y llevaron de cabeza a las autoridades franquistas, que pusieron precio a la cabeza del Santeiro, llegando a situar una unidad de regulares en las proximidades de su pueblo para darle caza.
Entre sus acciones hay que mencionar los atracos al coche de viajeros de la línea Cangas de Narcea - Madrid, en Puerto de Leitariegos el 18 abril de 1943, en Balouta (León) el 17 octubre de 1943, en el Alto del Connio (Ibías) el 27 de marzo de 1942, en el que hubo seis muertos y nueve heridos en un tiroteo con las fuerzas franquistas y en San Clemente (Ibías) en el que resulto muerto un guerrillero apodado El Italiano y el guardia civil José Rodríguez Díaz, el 19 mayo de 1940.
Pero la acción mas importante fue la operación de rescate de presos del Destacamento Penal de Fabero, en la noche del 25 al 26 de diciembre de 1942. Entre los liberados del penal se encontraba su primo Amadeo Ramón Valledor (Guimara, León), Domingo Villar Torres (Cancela, Lugo) y Gerardo Canedo González (Arganza, León). La operación fue todo un éxito y pese a que movilizaron gran cantidad de hombres para buscarlos, no consiguieron capturarlos.
El grupo del Santeiro sería duramente perseguido y diezmado, hasta que en el año 1947, la Guardia Civil le preparó una emboscada en Fontoria (León), próximo a Fabero, donde se alojaba en una casa del enlace Rubio (Bustarga, León), en compañía de Amadeo Ramón Valledor. El 5 de diciembre de 1947 la casa es rodeada por falangistas y guardias civiles de Fabero. Los cercados lanzan una bomba de humo y saltan por las ventanas disparando, produciéndose un fuerte tiroteo. Serafín, Amadeo y Rubio huyen en direcciones distintas. Rubio es herido en un testículo y detenido pero los otros logran huir. Esos días había caído una gran nevada en la zona y el Santerio estaba enfermo de tuberculosis no teniendo posibilidad de ser atendido ya que su médico había sido asesinado. Consiguió llegar hasta una casa donde tenia apoyo, en el pueblo leonés de Fresnedo, empapado y exhausto. Dicen que al verse tan enfermo se pegó un tiro. Lo colocaron apoyado en un árbol, con las armas a su lado. Cuando lo encontraron, la Guardia Civil y los falangistas dispararon al cadáver. La versión oficial fue que lo habían capturado, nada mas lejos de la realidad. Ataron su cadáver a un caballo y lo bajaron a rastras, como a un animal. Le robaron hasta el cinturón. Su cuerpo fue llevado a Vega de Espinareda y sepultado fuera del Cementerio, acudiendo mucha gente al entierro. Quedó mal cubierto y días mas tarde sobresalía un brazo, por lo que un vecino se quejó al ayuntamiento para que lo enterraran mejor, ya que no era un animal.
Este fue el final del famoso “Santeiro”, cuya figura es una leyenda en muchas zonas de León, Asturias y Lugo. Para unos un héroe y un mito y para otros un bandolero sanguinario.

“La lucha justa te vuelve valioso, la muerte en la lucha te vuelve eterno.”
José Antonio Landera es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte


José Luis Alonso Marchante – 07/01/07

Una sociedad demuestra su madurez democrática cuando es capaz de mirar hacia atrás, analizar su pasado histórico y asumir con rigor los actos que provocaron aquellos que les precedieron.  En Europa, muy cerca de nuestro país, tenemos ejemplos a seguir.  La sociedad alemana de posguerra ha llevado a cabo durante décadas todo un proceso de reafirmación de su identidad democrática, en averiguación de las causas que llevaron a un pueblo culto y civilizado a transformarse en un régimen asesino con pretensiones de dominación mundial.  Las leyes de desnazificación juzgaron a los responsables de la carnicería, reivindicaron la memoria de sus víctimas y prohibieron para las generaciones futuras las mismas actitudes que convirtieron a sus padres y abuelos en criminales.  Francia también se preguntó cómo fue posible que una gran parte de su población e instituciones colaborara con entusiasmo con la Alemania nazi, erigió monumentos a los que optaron por la resistencia en lugar de la claudicación y elaboró leyes destinadas a que la tragedia no volviera a repetirse. 

Pero en España, donde la democracia fue un regalo del dictador, donde la transición se llevó a cabo bajo la máxima de Lampedusa de que “si queremos que todo siga igual es preciso que todo cambie”, nada de esto ha sucedido.  A siete largas décadas de la sublevación militar de 1936, de la sangrienta guerra que siguió y de la instauración de un régimen dictatorial que tomó como prioridad el exterminio físico de todos los que a él se opusieron, la sociedad española es incapaz de mirar hacia atrás con madurez y valentía.

El infame Anteproyecto de Ley de Memoria Histórica que se propone aprobar el Parlamento se caracteriza por su doble juego puesto que su finalidad real es cerrar en falso un período de la historia de nuestro país sin entrar en el análisis riguroso de lo que verdaderamente sucedió.  Una Ley que, lejos de reivindicar la memoria de todos aquellos, hombres y mujeres, que se opusieron a la asonada militar de julio de 1936 y que por ello fueron exterminados, encarcelados o exiliados, pretende en realidad proteger la identidad de los militares fascistas y de los que durante años se dedicaron a asesinar con la impunidad que proporciona un régimen dictatorial en el que las más elementales libertades fueron clausuradas.  El monstruoso proceso que se incuba en las más altas instancias de poder persigue eliminar de cada documento conservado en los archivos los nombres de los verdugos que fusilaban al alba ocultos por las altas tapias de los cementerios, de los denunciantes que amparados en el anonimato señalaban a sus vecinos, de los arrogantes militares que promovían masivos juicios colectivos contra civiles, de los religiosos que bendecían en nombre de Dios cada asesinato.  Así lo recoge el artículo 25.3: Cuando los documentos identifiquen a los autores de los hechos (…) los responsables de los archivos substituirán la entrega de una copia de los mismos por un certificado sobre su contenido, con el fin de preservar la identidad de aquellos.   ¿Se imaginan a alguien proponiendo que se eliminen de los archivos de Büchenwald o Auschwitz los nombres de los oficiales de las SS para proteger su honor y el de sus descendientes?

En España en vez de seguir el ejemplo de Francia o Alemania se ha optado por la peor tradición de las endebles democracias de los países de América del Sur.  Todavía con mayor gravedad puesto que si en Argentina o Chile las leyes de “punto final” y “reconciliación” impidieron juzgar a la mayoría de los asesinos, al menos su identidad no fue protegida y el mundo entero conoce hoy sus nombres, que se cubren de este modo de vergüenza e ignominia.
En pleno siglo XXI la sociedad española debe, por una vez, demostrar su mayoría de edad y exigir a sus políticos un verdadero comportamiento democrático.  Se impone la anulación inmediata de cada una de las sentencias de los tribunales fascistas, con independencia del coste jurídico que ello suponga.  La creación de un gran archivo de acceso público, gratuito y universal que sirva como testimonio de la tragedia sufrida por el pueblo español y en el que los documentos se muestren tal y como se conservan, sin tachaduras ni correcciones.  La supresión de cualquier símbolo del régimen franquista que, no lo olvidemos, contó con el apoyo de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini.  La localización, inventariado y protección de los lugares donde se cometieron los asesinatos y “paseos” y donde aún continúan sepultados miles de restos humanos.  Un homenaje, en fin, a todos aquellos que se opusieron en España al avance del fascismo y creyeron en una sociedad más justa y libre, sufriendo sanguinaria persecución por ello.

José Luis Alonso Marchante es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte


José Luis Alonso Marchante - 16/12/06

LA JUSTICIA FRANQUISTA: HACIA EL EXTERMINIO FÍSICO

Setenta años después de la sublevación militar contra la República que desembocó en una cruenta guerra civil y en la instalación de un régimen autoritario que habría de durar casi cuarenta años, la justicia militar franquista sigue plenamente vigente.  Durante la guerra civil y a la conclusión de ésta, decenas de miles de consejos de guerra, la mayoría de ellos colectivos, se llevaron a cabo en todo el territorio español.  La represión de los tribunales militares, que concluyó con el fusilamiento o la condena a largos años de prisión de centenares de miles de republicanos, complementó trágicamente la represión irregular organizada por grupos de falangistas, guardias civiles y soldados que, sin instrucción judicial de ningún tipo, llenó las cunetas de los caminos y los alrededores de los cementerios de centenares de fosas comunes, la mayoría de las cuáles siguen hoy en día sin identificación de ningún tipo.
El régimen fascista nacido directamente de la sublevación de los militares golpistas y apoyado por la aristocracia, la iglesia y la burguesía de todo el país, organizó un perverso sistema represivo destinado a hacer desaparecer físicamente a todos aquellos que se hubieran opuesto al “movimiento” o que, simplemente, se mostraran tibios en su apoyo.  Campesinos, obreros, maestros, suboficiales, miembros de partidos políticos y sindicatos de izquierda iban a ser el objetivo de los jueces franquistas.  Aquellos que se libraron de los “paseos” y los asesinatos masivos iban a conocer en toda su crudeza la aplicación de la justicia militar.
Una justicia militar que utilizaba el código militar para condenar a muerte incluso a civiles.  Una justicia militar que, apoyándose en el texto legal, decidió utilizarlo “al revés”.  Así, se condenaba a pena de muerte a los republicanos que se habían opuesto a la sublevación militar, acusándolos precisamente de “rebelión militar” o “auxilio a la rebelión”, toda una perversa contradicción por parte de unos militares que, ellos sí, se habían rebelado contra la República legalmente constituida.
Mientras desde distintos ámbitos, políticos, judiciales o sociales, se solicita la revisión de las sentencias franquistas y la reparación, al menos moral, a los familiares de los condenados a muerte, un documental emitido por TVE el pasado viernes 8 de diciembre utiliza una de estas sentencias para dar por buena una historia tal y como la fabricó en su día el régimen fascista de Franco.
Se trata del programa “Prados de sangre” que, en su primera parte, narra el fusilamiento en Pola de Somiedo de tres mujeres de Astorga por parte de los milicianos republicanos.  El documental insiste en la versión franquista, estableciendo como responsable de los asesinatos a Genaro Arias Herrero y repite, casi coma por coma, el auto de instrucción del consejo de guerra que lo condenó a muerte en 1937.  Un juicio sumarísimo que, como veremos, estuvo exento de unas mínimas garantías jurídicas para el procesado y que concluyó con el brutal asesinato, a garrote vil, del encausado, a pesar de que nunca pudo probarse su participación en los hechos y que los testimonios de los declarantes son, cuando menos, contradictorios.

UN HOMBRE DEL PUEBLO
Genaro Arias Herrero había nacido el 19 de septiembre de 1902 en Santa Olaja de la Varga, un pequeño pueblo perteneciente al ayuntamiento de Cistierna en León.  Empleado como minero en las explotaciones de Laciana, fijará su residencia en Villaseca.  Debido a un accidente perderá parte del pie derecho, razón por la cuál se le conocerá con el apodo de “El Pata.
Participa activamente en las protestas mineras durante el período republicano, que buscan dignificar la vida de los obreros frente a décadas de injusticia y caciquismo patronal.  Se convierte en uno de los principales organizadores del Sindicato Minero de Laciana, perteneciente a la U.G.T., siendo el representante del mismo por su pueblo, Villaseca.
Durante los meses previos a la sublevación militar, Genaro Arias Herrero era el presidente de la Casa del Pueblo de Villaseca y uno de los principales líderes obreros debido a su cargo en el Sindicato Minero.  En el transcurso de la revuelta minera de octubre de 1934, Genaro participó en el asalto de la mina “Teófilo” junto a unos mil doscientos mineros.
Una vez comenzada la guerra civil, se opuso al avance de las columnas de militares sublevados, guiando una partida de trescientos mineros hasta La Magdalena de donde tuvieron que retirarse ante la impresionante maquinaria militar franquista.  Organizó, junto con otros socialistas como Alfredo Nistal Martínez, Manuel Riesco de Lama y Antonio Rodríguez Calleja, el Comité de Guerra de Villablino. Tras la ocupación en agosto de 1936 de la comarca de Laciana por parte de los militares pasó a Asturias por el concejo de Somiedo, donde creó en compañía de Moisés Álvarez Nieto el Comité de Guerra de Somiedo.  Junto a ellos pasaron a Asturias familias enteras de los pueblos leoneses de las comarcas de El Bierzo, Babia y Laciana, que huían de la salvaje represión desatada por militares y falangistas.
En octubre de 1936, Genaro se incorporó como oficial ayudante del comandante José García González al Batallón n.º 242 “Guerra Pardo”, combatiendo en Asturias y Euskadi.  Herido en el frente, pasó varios meses hospitalizado, ingresando tras su recuperación en el Batallón n.º 250 como teniente de enlace.
El 2 de octubre de 1937 en el transcurso de un ataque franquista en el frente de Lillo (León) fue hecho prisionero, siendo trasladado a la prisión de San Marcos de la capital leonesa donde, inmediatamente, se le formó consejo de guerra sumarísimo.

UN JUICIO SIN GARANTÍAS
La voluminosa causa contra Genero Arias se compone de una treintena de declaraciones, procedentes mayoritariamente de somedanos evadidos a la zona sublevada, vecinos del pueblo de Valle del Lago.  La mayor parte de las declaraciones se limitan a reconocer a Genaro Arias Herrero como presidente del Comité de Guerra de Somiedo.  Así, Francisco Lana Álvarez (41 años, Valle del Lago) dice que “se organizaron comités integrados en su mayor parte por evadidos de la zona minera de Villablino y de estos recuerda a un tal Pata Seca, Sánchez y otros”.  Constantina Álvarez Álvarez (21 años, Valle del Lago) declara “que sabe que se constituyó un Comité de Guerra en Pola y que lo integraban dos individuos de Villaseca uno llamado Moisés y otro El Patas.  El falangista Servando Díaz Tablón (26 años Valle del Lago) va más lejos y asegura que Genaro “es el responsable de todos los asesinatos, robos y detenciones que se hicieron en todo el concejo”, mientras que su hermano, también falangista, Nicanor Díaz Tablón (31 años, Valle del Lago), repite la misma acusación afirmando que “de todos los crímenes y atropellos que hubo en Somiedo es el inculpado el responsable y lo tienen por un elemento muy peligroso y de ideas avanzadas”.
Las declaraciones de los vecinos de los pueblos de Laciana incluidas en el sumario hablan de saqueos y requisas.  No hay acusaciones de asesinato puesto que los republicanos no provocaron ninguna víctima mortal en la comarca.  Las diez personas que aparecen en la Causa General de la Dominación Roja como asesinadas por los republicanos fueron, en realidad, detenidos primeramente en la cárcel de Corias, de Cangas del Narcea, y posteriormente trasladados a la prisión de Sama de Langreo donde, el 19 de septiembre de 1936, una bomba lanzada por la aviación franquista los mató en sus celdas. Entre los nombres de milicianos que aparecen vinculados a estas detenciones ni una sola vez aparece el de Genaro Arias, lo que no impidió que, por ejemplo,  Manuel García González (79 años, Vega de Viejos) manifestara “que era una de las personas peores que han pasado por estas zonas”.
Varios testimonios, llenos de contradicciones, señalan la presencia de Genaro Arias en el lugar de ejecución de los prisioneros del “copo” del Puerto de Somiedo.  El que más tarde sería jefe de la Falange de Somiedo, Elías Sierra Álvarez (31 años, Urria), afirmó en su declaración que “fusilaron a las enfermeras (…) y dicho inculpado presenció tales ejecuciones desde la carretera” concluyendo que es “un individuo muy peligroso para la Causa Nacional”.  Por su parte, José Antonio Díaz Álvarez (43 años, Valle del Lago) declaró que “oyó decir a los milicianos que El Pata en unión de los del comité presenciaron, desde la carretera, el asesinato de las enfermeras y de otros dos” para terminar lapidariamente asegurando “que ha cometido infinidad de atropellos que es imposible recordar”.  Eloy Álvarez Álvarez (43 años, Valle del Lago) manifiesta que “cuando sacaban a los prisioneros para fusilarlos, vio al inculpado que iba acompañándolos montado a caballo en unión de un tal Sánchez”.
Sin embargo, mientras estos testigos afirman que Genaro Arias estaba presente en Pola de Somiedo el día de los asesinatos, otra declaración incluida en el mismo sumario lo desmiente.  Se trata de Isidoro Colado Merino (23 años, León), uno de los soldados del Regimiento de Infantería Burgos n. 31 detenidos en el “copo” del Puerto, quien declara que Genaro “fue uno de los jefes que llevó a todos los soldados detenidos a Gijón y que fue el que los presentó en la Comandancia Militar”.  El traslado de los prisioneros se llevó a cabo antes del fusilamiento de las tres astorganas por lo que si Genaro estaba en Gijón no podía estar al mismo tiempo en Pola de Somiedo.
Un ejemplo de la inconsistencia del proceso judicial y de la falta de garantías para el acusado lo constituye la declaración de Antonio Marrón Ordás (33 años, El Coto) quién tras manifestar que “ignora si estaba presente el inculpado cuando el asesinato de las enfermeras y prisioneros cogidos en el puerto de Somiedo y no sabe si pudo dar la orden para estos asesinatos” concluye afirmando que “no le extrañaría pues era uno de los peores de todo el Comité (…) teniéndolo por un individuo muy peligroso”.  El que así habla se hizo falangista tras evadirse a León en abril de 1937 y, al concluir la guerra en Asturias, regresó a Somiedo participando activamente en la represión de sus vecinos.  Diversos testimonios señalan a Antonio Marrón como uno de los principales represores en el concejo de Somiedo y en multitud de consejos de guerra su declaración fue determinante para fusilar al detenido.  Años después unos desconocidos le propinaron en el monte una brutal paliza a consecuencia de la cuál falleció pocos días más tarde.
Ante tal cúmulo de acusaciones de nada sirvió la declaración del único sacerdote interrogado en el consejo de guerra de Genaro Arias Herrero.  José Gutiérrez Fernández (47 años, Villaseca), cura párroco del mismo pueblo que el acusado, se atrevió a declarar que “era una persona de orden y que no sabe ni ha oído nunca que haya cometido ningún delito ni falta que esté penada por la ley”.  Sin embargo, el tribunal prefirió escuchar a Melquiades Ocaña Carballo (45 años, Sahagún), brigada de la guardia civil que, sin acusar de nada en concreto a Genaro, manifestó que “considero al inculpado como persona incompatible con la nueva España que se está forjando”.  Un eufemismo para pedir el asesinato de un hombre.

EL SALVAJE ASESINATO
El diecisiete de octubre de 1937 en la prisión de León Genaro Arias Herrero compareció ante el juez instructor, el comandante Adolfo Fernández Nava, que le leyó el auto de procesamiento y le interrogó de acuerdo al mismo.  Genaro reconoció formar parte de los distintos comités obreros que se formaron en Laciana y Somiedo pero, con respecto al asesinato de los prisioneros del Puerto, aseguró “que se encontraba en Belmonte y por tanto no pudo intervenir en lo que se le acusa”.
Cinco días después, el 22 de octubre de 1937, se celebró en la sala de justicia del cuartel del Cid de León el consejo de guerra contra Genaro Arias Herrero.  El fiscal, Faustino Díez, oficial del cuerpo jurídico, solicitó al tribunal que “en méritos a la perversidad del encausado se le aplique la pena de muerte en garrote vil”.  La defensa, representada por el alférez de infantería Bonifacio Pérez Velasco, manifestó que “seguramente el procesado es un anormal cuya inteligencia pobrísima envenenaron con sus doctrinas y predicaciones otras personas, solicitando del Consejo que tenga en cuenta este hecho seguramente indudable de la total anormalidad mental del procesado para dictar un fallo justo”.  Estas declaraciones del abogado defensor, militar sublevado como el resto de los componentes del tribunal, constituyen una terrible prueba de la perversidad de la justicia militar franquista y de la indefensión de los acusados que, si nada podían hacer para evitar su asesinato, al menos tenían derecho a ser tratados como seres humanos.
Genaro Arias Herrero, en el juicio, insistió en que “no fue comandante de Somiedo y que en la época de los asesinatos no estaba él en el pueblo”.  El tribunal, presidido por el teniente coronel Ángel González Vázquez y actuando como vocales el capitán de infantería retirado Enrique Fuciños Codesino, los capitanes de infantería José del Arco García y Juan Carnicero Méndez, el capitán de artillería Severino Paris y el capitán de la guardia civil Miguel Moset y Sánchez Carpio, se retira brevemente a deliberar.  Pero la sentencia ya estaba decidida de antemano: pena de muerte.  Además el tribunal, recogiendo la sugerencia del fiscal, ordena que se recabe la correspondiente autorización del Jefe del Estado para ejecutar a Genaro mediante garrote.  Dos días después, el general Franco da el visto bueno y es solicitado un verdugo a la Audiencia Territorial de Valladolid “por no haber ejecutor de justicia en esta provincia”, el cuál viajará a León en tren esa misma noche.
A las dieciocho horas del día 25 de octubre de 1937 Genaro Arias Herrero será asesinado mediante garrote en el patio de la prisión provincial de León.  En el registro civil su defunción será inscrita como provocada por “inhibición cardiaca”, sin ninguna referencia al método empleado para asesinarlo.
Genaro Arias Herrero dejó un hijo de corta edad, Trinidad Arias Tejerina, que jamás pudo superar la infamia con la que siempre se trató la memoria de su padre.  Su viuda, Nieves Tejerina Alaez, nonagenaria de mente lúcida, recuerda tristemente como durante décadas los falangistas le hicieron la vida imposible.
Pero, mientras en pleno siglo XXI los herederos del franquismo trabajan denodadamente para elevar a sus muertos a los altares, con categoría de mártires y todo, los perdedores de siempre asisten impotentes a un nuevo asesinato de los suyos.  Genaro Arias Herrero, dirigente socialista de los mineros de Laciana, fue un hombre que, en vez de resignarse a la derrota, trató de oponerse al avance de los militares sublevados y combatió durante meses en el Ejército Popular republicano.  Como tantos otros, fue asesinado en cuanto cayó prisionero por un grupo de oficiales arrogantes que, además, demostraron su brutalidad al emplear con él el salvaje método del garrote vil.
Lejos de reconocer su lucha contra un régimen fascista, aliado de la Alemania de Hitler y de la Italia de Mussolini, en vez de levantarle en su pueblo un monumento como hacen en Francia con los resistentes contra los nazis, a Genaro Arias Herrero en la España del siglo XXI se le sigue asesinando impunemente.

José Luis Alonso Marchante es miembro del Grupo de Investigación Frente Norte
 

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